Facetas diferentes....

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martes, 31 de mayo de 2016

No solo hay felicidad en dar, recibir también es un derecho


La felicidad no se inscribe solo en al acto altruista de darlo todo a cambio de nada. Recibir también es un derecho, y aún más, también es una necesidad que da aliento al corazón y que construye los pilares fundamentales de la reciprocidad.
Fue Mahatma Gandhi quien dijo una vez aquello de que “la mejor manera de encontrarse a uno mismo es perderse en el servicio de los demás.” Es un enfoque noble y humanista, no hay duda, pero no debemos confundir estas corrientes con el plano de las relaciones personales o afectivas, ahí donde “dar y recibir” se inscriben en un mismo círculo, como el clásico uróboro mitológico que simboliza el esfuerzo eterno donde no hay principio ni fin.
Dar mucho y recibir poco también cansa, y aunque el don de saber dar a cambio de nada sea hermoso, también hace falta recibir sin tener que pedir.
Adam Grant, psicólogo y autor del libro “Dar y recibir”, nos indica que todos nosotros estaríamos situados en algún punto de esa línea que va desde aquel que está acostumbrado a dar, hasta el que espera solo recibir. La armonía se encontraría en un centro desde el cual, propiciar una felicidad capaz de dar y que a su vez, recibe. Algo que lamentablemente no siempre vemos.


En especial, en el ámbito de las relaciones de pareja. Te invitamos a reflexionar sobre ello.
chica enfadada bajo la lluvia

El corazón también ansía recibir reconocimiento

No queremos regalos, preferimos detalles. No deseamos que se devuelvan nuestros favores ni que nos dediquen una placa por cada esfuerzo invertido, por cada tiempo dedicado o por cada sueño relegado con el fin de atender y hacer feliz a aquellos a quienes amamos.


Lo que nuestros corazones ansían recibir es respeto, reconocimiento y reciprocidad. Nada de esto se toca con las manos. Sin embargo, tiene la sutil virtud de acariciarnos el alma para hacernos sentir amados. Es por ello que muchas veces, al no tener nada de esto, quedamos vacíos y casi indefensos.
El problema de la mayoría de relaciones afectivas está precisamente en esta disonancia: en darlo todo a cambio de muy poco. Henry Miller, conocido por sus obras vitales y llenas de sensualidad, comentaba en alguno de sus libros que para que estas relaciones “asimétricas” tuvieran éxito, hacía falta dos enfermos: uno adicto a recibir y otro cuya adicción fuera dar. Solo entonces habría armonía. El resto de relaciones estarían condenadas, inevitablemente, a un agónico sufrimiento.
lamenteesmaravillosa

El único signo de superioridad que conozco es la bondad






El único signo de superioridad que conozco es la bondad, dijo supuestamente una vez el gran Beethoven. Y es que ser buena persona es la única inversión que nunca quiebra y siempre enriquece, tanto a uno mismo como al mundo.
Hay quien dice que las buenas personas hoy en día son un descuido de la naturaleza, pero lo cierto es que cada uno, en el fondo, manejamos nuestras propias bondades, sonriéndole al mundo de la manera más bella que sabemos y podemos.
Así, la bondad se ve y se percibe en las miradas limpias, en los actos sinceros y en toda aquella sabiduría que se desprende en la cercanía y en la ilusión de cambiar el mundo, de hacer justicia y de apropiarse de la generosidad.
“Por encima de todo está la bondad afectuosa. Así como la luz de la luna ilumina sesenta veces más que la de las estrellas, la bondad afectuosa libera al corazón de una forma sesenta veces más efectiva que todos los demás logros religiosos juntos”.
Buda Gautama
La confianza en la bondad ajena es el testimonio de la propia bondad
d/a

COMO ME VOLVI EGOISTA Y EMPECE A VIVIR

«Vivir para uno mismo» es una frase que espanta a muchos. Las consecuencias son bien conocidas: el vicio, la depravación y la degradación. Es decir, echar a perder la vida... Pero un día me di cuenta de que mi vida a menudo ya no me pertenecía. Que tenía demasiados «debo» y pocos «quiero». Mis responsabilidades aplastaban mis sueños como una lámina de piedra y yo aún le intentaba encontrar una justificación.
Así que decidí decir ¡basta! Me harté de convertir mi alma y mi vida en un basurero para los desechos radioactivos. Me harté de explicar tímidamente cómo me atrevía a poner mis intereses por encima de los intereses de los demás. Ya era hora de vivir para mí. Eligir alegría en lugar de autohipnosis. Vivir por amor, no por exigencia.
De esta forma empezó un año de mi vida indignante y asocial a modo de egoísmo sano. «Sano» o, mejor dicho, «sensato», es una clarificación gracias a la cual los demás no me tomaban por una rebelde ni por una perturbadora de la paz. Porque muchos están seguros de que primero tienes que sufrir y luego, si es que aún tienes fuerzas y salud, vivir para ti; no hay problema.
Pero yo empecé sin demoras.
UNA CONTRA TODOS
Al principio tenía miedo. Ideológicamente me faltaban motivos, todo se basaba en una vaga pero fuerte determinación que así era mejor. Me sentía como si fuera a emprender un viaje alrededor del mundo en una banana inflable. No sabía si podía luchar contra un montón de «deberes» o esperanzas y proyecciones ajenas. No quería convertirme en una marginada etiquetada como «egoísta». Pero me daba cuenta de que era el único camino hacia la libertad.
Para los demás mi plan contenía una insolencia inimaginable. Porque salí fuera del juego que tenía prohibido defender el derecho para la vida propia. Dejé de pedir disculpas por mis deseos y planes, justificarme y sentirme culpable por ser feliz, tranquila y ser dueña de mi tiempo.
NO A LAS QUEJAS
Lo primero que hice fue cerrar el grifo a través del cual mi vida se llenaba de quejas, monólogos penosos, lloriqueos y discursos de odio. Quiero mucho a mis parientes, adoro a mis amigas, valoro a mis compañeros de trabajo y respeto a mis vecinos de la tercera edad. Pero esto no significa que sus confesiones que duran horas, al estilo de «qué horrible es la vida», «todos están mal y yo soy la única persona coherente» o «imagínate, ese imbécil no me ha vuelto a llamar», deben ser parte de mi vida. Quité de mi puerta el anuncio «Donador energético. Consultas 24 horas al día». Y esto fue tomado como un acto de desobendiencia social. «¿Cómo? ¿No te interesan los detalles de la vida personal ajena, enfermedades, depresiones o planes para conquistar el mundo? ¿No quieres escuchar el disco rallado de tu amiga acerca de su corazón roto (en la enésima ocasión)?. ¡Bruja! ¡Hay que quemarla!».
Cuando suavemente pero con mucha determinación cortaba los intentos de quejarse con las palabras: «Creo que este tema no es agradable ni para ti, ni para mí. ¿Por qué mejor no me cuentas de...?», sentía cómo se me paraba el corazón de miedo. Creía que ahora seguirían ofensas y acusaciones. Pero, asombrosamente, mi disponibilidad para escuchar cosas buenas era una señal para recordar lo bueno y empezar a hablar de ello. Y, lo más importante, esto me liberó también a mí de la costumbre de quejarme. Porque al negarme a escuchar historias deprimentes, tampoco tenía ganas de narrarlas yo.
SÍ, TE ESTOY DICIENDO QUE «NO»
Luego empezó la parte más difícil. Empezar a utilizar la extraña e indignante palabra «no». Por lo general, le decía que sí a cualquier petición emotiva. Mi timidez reforzada con el miedo de ofender me manipulaba por completo. Me sentía mal al destruir la imagen que había creado ante los ojos de los demás. Pero en cuanto un primer «no» serio saliera de mi boca, ya no me podía detener. Mis conocidos quedaban tan asombrados como si me hubiera tragado a un conejo vivo enfrente de ellos.
Siempre soñaba con hacer mil cosas que me gustaban pero terminaba dedicando mi tiempo voluntariamente a los demás. Sustituía a mis compañeros de trabajo, llevaba de compras a algunos parientes de otra ciudad, cuidaba de los hijos de mis amigas fiesteras mientras aquellas se marinaban en los spa, regaba plantas y paseaba a sus perros. De un niño mandadero fácilmente puedes crecer a ser esclavo profesional. Pero le dije «no» a esta llamativa carrera.
Con el tiempo aprendí a separar los granos de la paja y entender cuál petición de ayuda es real y cuál es una simple manipulación y parasitismo. Un «no» justo se convirtió para mí en una base que no me debaja engatusar ni olvidarme de mí misma.
¡TODOS SOMOS LIBRES!
La afirmación «nadie le debe nada a nadie» suena bien pero en la vida real casi no aplica. Rechazar el papel del endeudado eterno obligado a consentir y rendirse no fue tan difícil como dejar de exigir y violar el derecho a la voluntad libre de otras personas. Cada vez que me daba cuenta de que quería dominar la vida de alguien más, me detenía de inmediato.
Mis relaciones también estaban endeudadas. Se extinguían por los reproches mutuos «yo te lo doy todo y tú a mí, nada». Porque las expectativas y las exigencias pueden asesinar tanto el amor como la amistad. Solucioné este problema como en las matemáticas. Acepté las condiciones como indiscutibles y suficientes. Dejé de suplicar regalitos para mi ego y sentirme enojada porque mi novio no jugaba por el guión que inventé. Un día salí al campo de batalla de nuestros egos como un enviado de tregua. Estuvimos toda la noche hablando, bebimos tres litros de café, con toda la sinceridad discutimos acerca de todo y firmamos un acuerdo de tener derechos a ser lo que somos. Simplemente escapamos del escenario del drama eterno hacia la libertad.
Ahora en cuanto me empiezo a sentir ofendida porque alguien no me prestó la atención que yo esperaba o no cumplió con mi petición, repito como un mantra: «Todos somos libres».
VÍNCULOS, NO CADENAS
El deseo de ser aceptado y el miedo a ser rechazado son dos cosas muy engañosas. Toda la vida me estuve llenando de amigos y conocidos como si fuera una especie de protección contra el frío de la soledad. Y de pronto sentí que apenas podía respirar. Me estaban sofocando, no me dejaban moverme. Y no sabía cómo deshacerme de ellos porque todos eran adorables y buenos. Pero un egoísta sensato no se esconde detrás de la espalda de un sinnúmero de medio-amigos. Cuando me preguntan «¿cuántos amigos tengo en el Facebook?», sin ningún tipo de remordimiento respondo: «Dos». Sé el mejor amigo de ti mismo. Vuélvete una persona interesante, inspiradora, útil. Porque en sí, todos estamos solos. Pero el asunto se vuelve aún peor cuando no te tienes ni siquiera a ti mismo.
ESPACIO PERSONAL
Para decir la verdad, empezando mi año «egocéntrico» me estaba preparando para estar sola tanto en la red como en la realidad. Los suspiros despectivos «egoíssssta» significaban que la gente no me comprendía. Me alejaba de ellos más y más, y la vida acostumbrada parecía desierta y espaciosa. Sin embargo, a la naturaleza no le gusta el vacío. Muy pronto mi micromundo se llenó de los asuntos y las personas a las que con gusto les empecé a regalar mi nueva esencia, que tanto trabajo me costó encontrar.
No me duele regalar el tiempo rescatado de las obligaciones inútiles y relaciones parasitarias, a aquellas personas que realmente lo necesitan. Porque no es ninguna obra de caridad. También es egoísmo. Porque lo hago primero para mí y para mi alma. Sospecho que un egoísta sensato con el tiempo se convierte en un humanista sensato. Y yo estoy apenas en el inicio de esta evolución, pero al menos ya se me cayó la cola.
Autora: Veronica Isayeva

Me caí del mundo y no sé por dónde se entra (para mayores de 50)

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas.El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. Tiramos absolutamente todo. Ya no hay zapatero que remiende un zapatero, ni colchonero que sacuda un colchón y lo deje como nuevo, ni afiladores por la calle para los cuchillos. De “por ahí” vengo yo, de cuando todo eso existía y nada se tiraba. Y no es que haya sido mejor, es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y bote que ya se viene el modelo nuevo”. Hay que cambiar el auto cada tres años porque si no, eres un arruinado. Aunque el coche esté en buen estado. ¡Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo! Pero por Dios.Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre. Me educaron para guardar todo. Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso a las tradiciones) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes, el primer cabello que le cortaron en la peluquería… ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los trapos de cocina, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos… ¡¡Guardábamos hasta las tapas de los refrescos!! Los corchos de las botellas, las llavecitas que traían las latas de sardinas. ¡Y las pilas! Las pilas pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil en un par de usos.Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia, para limpiar vidrios, para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne o desenvolviendo los huevos que meticulosamente había envuelto en un periódico el tendero del barrio! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer adornos de navidad y las páginas de los calendarios para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos reutilizarlos estando encendida otra vela, y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Con el tiempo, aparecía algún pedazo derecho que esperaba a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Y hoy, sin embargo, deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir.Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de duraznos se volvieron macetas, portalápices y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza y los corchos esperaban pacientemente en un cajón hasta encontrarse con una botella.Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. De la moral que se desecha si de ganar dinero se trata. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte en cuanto confunden el nombre de dos de sus nietos, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos en cuanto a uno de ellos se le cae la barriga, o le sale alguna arruga. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a mi señora como parte de pago de otra con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que ella me gane de mano y sea yo el entregado.
Eduardo Galeano

Mensaje

Me estás buscando, puedo sentir cómo tus pensamientos vuelven una y otra vez sobre mí. He dormido muchos, muchos años, pero las voces por fin libres de mis Sacerdotisas me despertaron de mi sueño de siglos, llamándome con sus palabras vibrantes de risas, emoción y urgencia. Ven, me decían, vuelve, el mundo te necesita. Nosotras te necesitamos.Observo cómo mi recuerdo despierta en el corazón de gentes de todos los rincones de este pequeño mundo, cómo la alegría derrite el miedo al castigo, a la culpa, y cómo los colores de mis estaciones destierran el gris de la tristeza. Observo cómo mis niñas, aquellas que siempre me guardaron, ya no se esconden cuando las llaman brujas, sino que levantan la cabeza y responden: sí…Pero en realidad nunca me he ido. Siempre he estado aquí. Soy lo que se esconde en el último rayo púrpura del crepúsculo y resurge envuelta en oscuridad y tinieblas en la medianoche. Soy la plateada luna que baña el cielo de magia y tu corazón de esperanza cuando me buscas entre las nubes para contarme tus secretos de mujer. Soy aquella sensación de refugio que sentías en lo más profundo de ti en tus horas más oscuras, y el maravilloso abandono cuando llorabas entre los brazos de tu madre. Soy la risa cómplice que compartes con tus amigas, y los suspiros de placer por el roce de la piel de tu amante.Soy eso que te empuja a buscar partes de ti que pertenecen a los bosques, soy el silencio sobrecogedor que no puedes explicar cuando contemplas el amanecer, soy la quietud y el oro de las últimas horas de la tarde. Soy la primera estrella que sale al anochecer y la última que se marcha en la mañana. Soy el latido de tu corazón y el primer aliento de tus hijos. Soy las lágrimas de desesperación que lloraste aquél día que nunca olvidarás, pero también soy la fuerza que te hizo poner en pie y continuar adelante.Soy lo que mueve tus pies en esas noches en las que bailas cuando crees que nadie te está mirando. Soy la brisa que se cuela entre las hojas de los árboles y hace que casi jures que el viento te habla. Soy cada grano de arena que se escurre entre tus dedos cuando hundes tus manos en la orilla del océano. Soy la cresta de las olas cubiertas de espuma llevando la vida a la costa. Soy esa punzada en el estómago cuando te emocionas tanto que se te corta la respiración. Soy ese momento absolutamente perfecto en el que por fin comprendes quien eres y cuál es tu lugar. Soy la chispa que salta cuando tu mirada se cruza con otro compañero de vidas. Soy eso que te empuja cuando necesitas una dosis de valentía. Soy el baile de las ascuas que te mantiene junto al fuego sin poder apartar la mirada. Soy esa última flor sobre aquella tumba llorada. Soy la semilla que brota en primavera y también los terremotos, las inundaciones, los tsunamis… Soy la vida y la muerte, y la vida de nuevo. Soy lo que se marcha para volver a regresar.Soy la que se esconde detrás de esa sensación que siempre has tenido, la certeza de saber que nunca has estado sola. Soy tu más preciado secreto. Y sé que me has buscado, aún sin saber ninguno de mis 10.000 nombres. Aún sin conocer ninguna de mis miles de historias. Me has buscado en cimas de montañas, en senderos perdidos entre árboles antiguos. Me has buscado en cuevas prehistóricas y en libros de leyendas de otros pueblos. Me has buscado en catedrales, en ruinas de templos blancos, en círculos de piedras y estatuas de museos modernos. Me has buscado en las palabras de otros, en visiones de otros y recuerdos de otros. Me has buscado sin saber que me buscabas, en las risas de los niños, en las confidencias a media voz con tus hermanas, en las cocinas de tus abuelas, en sus cuentos e historias en las que hablaban de mí sin saberlo…Y sé que casi me has encontrado, casi… porque sé que a veces sientes que estás a punto de alcanzarme, pero me desvanezco. A veces casi piensas que soy solo un sueño, una ilusión, una esperanza vana de explicar todo lo que sientes y te hace sentir distinta. A veces estás a punto de abandonar la búsqueda, pero siempre hay algo que te hace continuar… algo que te habla y te pide que des un paso más. Sólo uno más.Y es hora de que des ese paso. Tu vida ha sido un viaje que te ha llevado a este punto en el mapa de tu existencia. Has caminado un sendero en espiral que te ha guiado por todos aquellos lugares donde aún se me recuerda, donde aún se siente mi presencia. Has avanzado a través de cientos de experiencias que te han traído justo ante las puertas del lugar en el que resido. Casi estás frente a mi rostro, ese que has buscado aún sin proponértelo desde que tus ojos se abrieron a esta vida.Búscame en ese lugar en el que siempre has sabido que me buscabas, ese en el que no caben las mentiras, ese sitio en el que nadie salvo tú conoce como suena el nombre que tú me has puesto, ese lugar donde sabes que eres inmortal y un día viste nacer el mundo. Búscame donde no hay fronteras, ni idiomas, ni dudas… Búscame en el lugar donde siempre he estado y desde el cual he observado cada uno de los días en los que seguías mi rastro. Búscame en el punto de partida que ha resultado ser la meta de tu viaje.Búscame donde siempre te he esperado.
Búscame dentro de ti.
Hyedra de Trivia

Hay maltratos que no dejan heridas en la piel, sino en el alma

Hay maltratos que no dejan huellas físicas pero sí emocionales, abriendo heridas difíciles de cicatrizar y curar. Situaciones protagonizadas por el dominio de una persona sobre otra donde el desprecio, la ignorancia o la crítica son los principales elementos de una relación.Una palabra, un gesto o simplemente un silencio pueden ser suficientes para lanzar una daga directa a nuestro corazón. Un corazón que va debilitándose poco a poco, quedando anestesiado ante cualquier posibilidad de sublevación, porque el miedo y la culpa han sido instaurados.
El maltrato emocional es un proceso de destrucción psicológico en el que la fortaleza emocional de una persona queda completamente vulnerada.

Seducir para atrapar

El maltrato emocional es una realidad muy presente en nuestras días que no entiende de edad, sexo o estatus social. Ya sea en la pareja como en la familia o incluso a nivel laboral, todos podemos ser víctimas de esta situación en cualquier momento de nuestras vidas.Lo peligroso de los maltratos de este tipo son sus consecuencias y su habilidad para pasar desapercibido. El maltrato emocional es un proceso silencioso que, cuando da la cara, ya ha pasado mucho tiempo desde que se originó, teniendo consecuencias devastadoras para la persona que ha sido víctima.Su inicio es lento y silencioso, ejercido por una persona disfrazada de encanto con el objetivo de seducir a sus víctimas para atraparlas, sobre todo en las relaciones de pareja. De esta manera, la realidad que el maltrador muestra es una realidad falseada, llena de promesas y deseos que nunca se harán realidad.
El maltratador va preparando el terreno para que la otra persona caiga en sus riendas poco a poco y lograr finalmente influenciarla para dominarla y privarla de cualquier libertad posible.

El poder de la cárcel mental

El abuso emocional es un potente veneno que destruye la identidad de la persona, arrebatándole su fortaleza emocional. Se da de manera indirecta, a través de las reja agujereadas, que dejan pasar a las insinuaciones que buscan culpar e instalar la duda en las víctimas.
La persona víctima de maltrato emocional se encuentra atrapada en una cárcel mental de invalidez e inseguridad en la que su autoestima se va debilitando poco a poco.
Así, cuando la víctima ya ha sido atrapada, el maltratador comienza a destaparse ante ella a través de los desprecios, las críticas, los insultos o incluso los silencios. Por eso, las huellas de estos maltratos no son físicas y no hay heridas visibles en la piel de la víctima, porque el maltrato emocional se ejerce a través de las palabras, de los silencios o los gestos.Tanto es el daño que se ejerce en estas situaciones que el miedo a actuar para liberarse se ve en muchos casos como un imposible. La cárcel mental es tan sólida que la víctima entra en una profunda situación de indefensión, a la que no imagina salida.

Las heridas invisibles en el alma

Las heridas del maltrato emocional son llagas profundas que llegan hasta lo más recóndito del interior de la víctima. No se ven ni se oyen, pero son terriblemente sentidas por la persona que las sufre. Heridas ocultas para los demás, pero profundamente dolorosas para la persona que lo sufre.
Las heridas del maltrato emocional crean un profundo agujero en la autoestima de la persona rompiendo toda valoración positiva de sí misma.
Son heridas originadas a través de los desprecios, descalificaciones y ninguneos que el maltratador ha dirigido a la víctima. Heridas invisibles y enraizadas en el miedo, la culpabilidad y la duda que arrebatan la creencia de cualquier posibilidad de actuar para liberarse de la situación en la que la víctima se encuentra.Estas heridas sangran no solo en cada encuentro, sino también ante la expectativa de que puedan ocurrir. Lo importante es que la persona no dé por perdida la posibilidad de salir de la situación en la que se encuentra y que tenga en cuenta que estas heridas pueden repararse con ayuda.

¿Cómo reparar las marcas del maltrato emocional en el alma?

En estos casos, el factor más importante es que la persona víctima pueda identificar la situación en la que se encuentra atrapada, donde carga con toda la responsabilidad y culpabilidad que el maltratador le ha inducido. Por lo tanto, tomar conciencia de que nos encontramos en un proceso de maltrato emocional es el primer paso para poder liberarnos.Una vez que sepamos donde nos encontramos inmersos, recuperar a nuestros seres queridos y apoyarnos en ellos para que puedan facilitarnos la salida de esta situación contribuirá a que sigamos adelante. Poco a poco, con sus gestos de amor y cariño, pueden ir llenando algunos de los vacíos que en nuestro interior se han originado.Además, buscar ayuda de un profesional especializado nos facilitará comenzar a reconstruir nuestra identidad y autoestima, para reparar todas esas heridas emocionales invisibles que habitan en nuestro interior. Así podremos volver a reencontrarnos con nosotros mismos.
Reparar las marcas del maltrato emocional en nuestra alma no será un proceso sencillo y rápido, sino más bien complejo y lento. Sin embargo, la satisfacción de volver a encontrarnos siempre merecerá la pena.
de la web
Por último, no olvidemos que cada uno de nosotros también podemos llegar a originar heridas en el alma de los demás cuando despreciamos, ignoramos o criticamos sin tener que llegar a situaciones de maltrato emocional. Las palabras y nuestros gestos son un arma de doble filo que hay que cuidar…

Las personas sensibles están hechas así: hacen todo con el corazón

Los verdaderos ángeles son aquellas personas que aparecen de la nada y dan luz a nuestra vida.Personas sensibles hechas de pureza que hacen todo con el corazón y que, aun tienen su alma llena de cicatrices, contribuyen a hacer más bonito nuestro trayecto.Porque ser sensible no es una manera de ser, es una manera de vivir y de compartir camino empoderándonos a través de los sentimientos y de las emociones tanto propias como ajenas. No faltará quien critique la sensibilidad, quien asuma que este rasgo es signo de debilidad y no vea que en él radica nuestra fortaleza.Las personas sensibles lo saben, las emociones son muchas veces castigadas. Nos hacen creer que sentir nos hace menos eficaces, fuertes y capaces a la hora de tomar decisiones y de caminar por la vida. Nos hacen creer que somos vulnerables y que la sensibilidad es sinónimo de ineficacia.
Hay quien dice que las buenas personas hoy en día son un descuido de la naturaleza, pero lo cierto es que cada uno, en el fondo, manejamos nuestras propias bondades, sonriéndole al mundo de la manera más bella que sabemos y podemos.

Somos un globo de emociones en un mundo de alfileres

Somos un globo de emociones en un mundo de alfileres. Nos transformamos, muchas veces, en emociones y sentimientos. Ellos nos dan forma, nos caracterizan y, a la vez, nos hacen pagar un alto precio.Nuestras inquietudes, nuestras emociones y nuestra forma de sentir inflan nuestro globo. Luego están los alfileres, los cuales pinchan nuestro globo y esparcen nuestras emociones, haciendo que la explosión provoque muchas veces una ruptura traumática e irreparable.Afortunadamente esto ha comenzado a cambiar y nuestra parte emocional es cada vez más valorada y, sobre todo, más cuidada. Esto nos ayuda a sumar a nuestro crecimiento y, con ello, dar validez a nuestro mundo interior.

Ser personas sensibles y generosas, la clave de la felicidad

Según un estudio publicado en la revista Emotion, los actos de generosidad y la sensibilidad hacia los demás hacen que nos sintamos mejor. Katherine Nelson, experta y autora del estudio, declara que:“Cuando solo nos ocupamos de nosotros, no constatamos ninguna mejorar en nuestras emociones”Ella afirma que se esperaba que los resultados de su estudio mostraran que los comportamientos prosociales llevasen a la gente a sentir más emocione positivas y a sentirse más realizados. Sin embargo, le sorprendió ver “que cuando sólo nos ocupamos de nosotros, no constatamos ninguna mejora de las emociones positivas o negativas, ni plenitud psicológica”.Este hecho es muy importante puesto que a menudo se anima a la gente a darse pequeños caprichos para sentirse mejor, pero los resultados del estudio sugieren que lo mejor que podemos hacer es complacer a alguien.Así, como venimos diciendo, hacer algo por los demás nos permite sentirnos mejor, más satisfechos y más plenos. Ser personas sensibles, conectar y empatizar con los que nos rodean nos abre un mundo maravilloso de buenas emociones y lindos sentimientos.
La bondad se ve y se percibe en las miradas limpias, en los actos sinceros y en toda aquella sabiduría que se desprende en la cercanía y en la ilusión de cambiar el mundo, de hacer justicia y de apropiarse de la generosidad.
Así, el hecho de concentrarnos en el bienestar de los demás, nos mejora como personas y nos da la oportunidad de explorar desde el corazón, sanando a su vez las heridas que en algún momento nos rompieron por dentro.Porque, si hay algo que nos hace mejorar y escalar nuestra montaña con sencillez, es la bondad. Porque ser buena persona es la única inversión que nunca quiebra y siempre enriquece, tanto a uno mismo como al mundo.
lamenteesmaravillosa